LA MUERTE DE DOMINGO GÓMEZ CHECHEB

A Rosario Castellanos

 

Tenía una cruz en los ojos,

otra ceñida a la espalda,

las mujeres, maternales

revolvíanse angustiadas

hincando rodilla en tierra,

hincando la cruz al alma;

dos fuentes de tierna sangre

en las dos manos sangraban,

y eran dos las dos corrientes

que de dos en dos brotaban

para cegar las pupilas

de los bronces de la raza.

 

El quinto sol arrojó

lenguas de larga desgracia.

Padre piedra, padre río,

serpiente de plumas largas,

¿en qué parte de la tierra

peregrinando tus plantas

lloran con llanto cansado

cansancio de la distancia?

Golondrina de ala tibia,

serpiente de la hojarasca,

sangre montada en la sangre

sangrando en la piedra indiana.

 

¿Por qué la muerte en la choza?,

¿por qué su caricia helada,

caricia de frío que suda

sobre la frente embrujada?

¿No será que a ese dios blanco

le enoja la piel bronceada?

Luz de dorados cabellos,

blanquecina luz que blanca

salpica sobre el madero

manchones de roja escarcha;

creciente cristo crecido

en la punta de la espada.

 

Quizás un cristo moreno,

ya que los dioses descansan,

arrebate el privilegio

al cristo de la piel blanca.

El joven fruto parido

para encender la alborada

será carne de una cruz

por un vientre alimentada

clavado ante el universo

para redimir la raza.

Tzajal Hemel se desploma

en vértigos de esperanza.

 

Las madres lloran al hijo,

los padres a la esperanza,

Domingo Gómez Checheb

por los hierros que le clavan.

El infante ante el delirio

habla con triste mirada,

¿Dónde está el calor de madre?,

sólo este ardor que le mata

rompiendo su carne niña,

su tierna carne bronceada,

mientras los hombres se tuercen,

gritan, y lloran, y cantan...

 

Tenía una cruz en los ojos,

otra ceñida a la espalda,

las mujeres, maternales

revolvíanse angustiadas

hincando rodilla en tierra,

hincando la cruz al alma;

dos fuentes de roja sangre

en las dos manos sangraban

y bajaban a la tierra

crespones de frías alas,

Domingo Gómez Checheb

en su cruz agonizaba.

 

- - -

 

La sombra empuja a la noche

que tras los montes se hamaca

y crece su cuna fría

sobre la morena espalda;

la sombra vuelve a la sombra,

la noche a su lengua larga

que resbala por los cerros

su negra saliva helada.

La noche se crucifica

con sus clavitos de plata,

falta mucho para ver

que amanezca la mañana.

 

 

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