EL CABALLERO DEL ÁNFORA

Roberto López Moreno

 

 

Roberto López Moreno,

contador de cosas raras,

tú que sales con historias

y epopeyas legendarias

de cosas que han sucedido

en estas tierras de Chiapas,

¿Por qué ahora tu labio, adverso,

se despuebla de palabras?,

¿por qué ese silencio vasto?,

¿por qué la orfandad del habla?,

nada especial ha tenido

esta azul noche estrellada,

un hombre más que se muere,

un alma más que descansa,

ni se va a acabar el sol

ni las estrellas se acaban

y en el lecho de los ríos

seguirá corriendo el agua.

Entonces, que nos congreguen

el ensueño y la nostalgia.

Cuenta una de esas historias

que anidan en tus palabras.

 

Esta es una historia nueva,

parte de lo nuevo en Chiapas

y fue en la ciudad de Huixtla

en donde marcó su estancia,

la ciudad del Soconusco

amurallada de llamas.

Era un caballero triste

que a las estrellas cantaba

con las voces que partían

de la unión de mil gargantas,

de la garganta del río,

del viento sobre las palmas,

la garganta de los nidos

en aéreos pentagramas.

Todo Huixtla convivió

la luna de sus palabras

vagando en calles de fiebres

en cristal encarceladas.

Aquel caballero triste

cantaba la voz del alba.

Todos sabían del poeta,

de un secreto que guardaba, 

y nadie supo jamás

que se trataba de un ánfora

con el licor más entero

del fruto de la esperanza.

Aquel caballero triste

que a las estrellas cantaba

fue regando voz y sueño,

el licor que atesoraba,

a cada golpe de fuego

que sus plantas caminaban.

Una noche, brasa y viento,

enmudeció su palabra,

el ánfora estaba rota,

el licor sembrado estaba.

La última gota de vida

derramó cierta mañana

en que las voces del río

eran más puras y claras.

Una escala de marimbas

se tendió atrás de las palmas

y él ascendió lentamente

filos de la madrugada

mientras se desvanecía

la estrella de la mañana.

Esta es una historia nueva,

parte de lo nuevo en Chiapas,

sucedió en Huixtla, ciudad

amurallada de llamas.

Era un caballero triste

que a las estrellas cantaba

con un ánfora al costado

que sangraba.

 

Camino el silencio oscuro

donde los grillos escaldan

las axilas de la noche

entre humedad de guitarras.

Una voz viene del río,

otra del viento en las palmas,

y de pronto en el transcurso

una sombra se destaca,

se interpone en mi camino,

lento trato de evitarla,

pero la sombra que insiste

crece un perfil sin palabras.

Adelanta en la penumbra

las dimensiones de un ánfora;

trato entonces de apurar

algún licor de esperanza

pero el recipiente roto

guarda el dibujo de nada.

Sigo mi paso en silencio,

golpe de las noches ardas,

una voz viene del río,

otra del viento en las palmas

y es más clara allá en el cielo

la estrella de la mañana.

 

 

 

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