LA NOCHE DE TUXTLA CHICO

 

La noche de Tuxtla Chico

cuando hablaron los machetes,

era una noche de estrellas

bajo la comba celeste;

noche de hierba molida,

noche de pétalo ardiente

aromando las esquinas

que entre las sombras se duermen.

Esa noche la conservo

bien grabada aquí, en mi mente,

sirva otra copa, mesero,

si quiere que se la cuente.

 

Era una noche de fiesta,

sucedió como a las nueve

en casa de unos finqueros

de apellido Navarrete.

Era una noche de fiesta,

de marimba y de buen “pegue”,

atiborrada de luces,

de música y harta gente.

Cómo había mujeres guapas

la noche de los machetes;

mujeres llenas de seda,

de perfume y colorete,

mujeres que parecían

con sus ojos relucientes

como estrellas cintilantes

bajo la comba celeste,

mujeres de cutis terso,

mujeres de faz alegre,

mujeres como las flores

que en las praderas se encienden;

pero de entre todas ellas

destacaba especialmente

la hembra más primorosa

de que ese lugar se acuerde;

entre la piel de canela

de las mujeres presentes

resaltaba su hermosura

tan blanca como la nieve,

blanca, como alma de niño,

como la aurora naciente,

como la espuma del río

despeñándose en torrentes;

tersa como la angustia

que se enreda suavemente

en la garganta afligida

por los afanes rebeldes.

 

¿Que cómo sucedió?, recuerdo,

dije que serían las nueve

cuando tocaron la puerta

siete lamentos de muerte.

Dentro, todo era alegría,

y ahí el tal Juan Navarrete,

el mayor de los hermanos

y jefe de los trinquetes,

desmenuzaba caricias

sobre del cutis de nieve,

él le besaba la boca,

ella bajaba la frente

y la marimba cantaba

y giraba el aguardiente.

 

La noche seguía su viaje,

pero en punto de las nueve

se abrió la puerta al reclamo

de un toquido impertinente.

Desde el quicio de la puerta

un hombre de recio temple

sobre las losas del piso

su paso de campo atreve,

el rostro desfigurado

por el odio que le muerde

presagia ya la tragedia

que se abraza del ambiente;

avanza, y entre sus puños,

arrebata a faz de nieve

y a rastras la va sacando

ante el pasmo de la gente;

las garras de fiera arisca

por los hombros la sostienen

y ante el silencio de todos

retumba su grito hiriente:

 

“Maldita desvergonzada

que desgraciaste mi suerte,

mientras yo, me parto el alma

entre fieras y pendientes,

a que no te falte nada,

mientras de que estoy ausente,

mi mujer, andas de puta

con el ladrón Navarrete

y aprovechas las distancias

para tus sucios argüendes;

cuántas veces en las sombras

que en la montaña se mecen

tuve ganas de rajarme

sólo por venir a verte,

pero hombre de Tuxtla Chico

ni se raja ni reciente

los sacrificios que se hacen

cuando a una mujer se quiere,

y ahora vengo, maldecida,

solamente para verte

en los brazos de un bandido

que no merecía tenerte.

Todos mis sueños de luna

se me apagan de repente,

todo un ramo de ilusiones

entre las burlas se mueren.

Maldita desvergonzada

que desgraciaste mi suerte,

esto lo pagas, canalla,

lo prefiero a así tenerte”....

Y sacando su cuchillo

con el rugido imponente

de la bestia mal herida

se lo hundió violentamente.

Una flor roja, muy roja,

crece en el pecho de nieve

y el filo de la tragedia

entre las sombras se pierde.

 

Todos quedaron callados,

más el tal Juan Navarrete

con el machete en la mano

se abrió paso entre la gente,

y hubiera visto, mi amigo,

la que se armó de repente:

gritos, lloros y lamentos

sacudían a las mujeres,

los hombres, unos, corrían,

otros quedaban al frente

y las estrellas insomnes

bajaban al suelo agreste

para iluminar con plata

la furia de los machetes.

 

Esa noche fue macabra

para la gente... decente...

sólo quedaban del baile

un revoltijo de muebles,

una marimba maltrecha

y el cuerpo de Navarrete

ya sin sollozos, sin brazos,

sobre otro cuerpo turgente

manchando con turbia sangre

la blancura de la nieve.

Eso sucedió mi amigo,

aquella noche, a las nueve,

el pueblo de Tuxtla Chico

es pueblo de hombres conscientes

y de un hombre no se burla

ningún finquero indecente.

 

Sirva otra copa, mesero,

para disipar mi mente,

que siento aquí por la espalda

un frío que me estremece,

en mi mano temblorosa

aún palpita el machete

que le jundí en el pescuezo

al mentado Navarrete.

En su finca, aquella noche,

me la arreglé con buen cliente

para caer por el pueblo

pues como a eso de las nueve,

lo demás, ya se lo dije,

eso pasó, simplemente;

que si la quise, mi amigo,

si la quise locamente,

si en mis noches de destierro

sólo podía sostenerme

recordando su hermosura

y su blancura de nieve;

por ella luché la vida,

y por ella solamente

me fui de peón a la finca

a romperme el alma en siete.

 

Hoy sólo vive un recuerdo

que poco a poco se muere;

eso fue todo, la ingrata

creo que no supo quererme,

sólo lo siento por ella,

pues yo, por aquí, de repente,

siento en mí temblar sus ojos,

sus labios siempre sonrientes;

siento en mí temblar sus manos,

siento en mí temblar su frente,

y siento temblar el cuchillo

con que la besó la muerte,

la noche de Tuxtla Chico...

a la luz de los machetes...

 

 

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